
Estas ganas pasajeras de no mirar el lado oscuro de mi cama, el espacio vacío a un costado de la ventana, tu cuerpo dibujado en la almohada que a veces abrazo diciéndole: tienes ojitos de niño cuando despiertas.
Un saludo mañanero de pronto me roba la melancolía, a través de un mensaje en el celular la sangre vuelve a correr como caballos por las venas, la cama, aun vacía, toma un respiro y se calienta con las letras que a kilómetros de distancia, tal vez con alguna intención, fueron escritas.
Mientras tanto, aquí sentado, todavía me pregunto ¿Dónde estas, cómo te encuentro? ¿Por qué te necesito? ¿Quién eres tu para que mi cama te reclame?
Lo mejor de mi memoria te espera, lo peor de mi carácter te ansia, y ya solo te digo: hueles como la noche, aunque la noche también sea soledad, café y una imagen tuya en la pantalla reclamando la bendición de una caricia.




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