
Conjurado por el humo de mi taza de té, apareces de nuevo tú. Piso conscientemente la trampa de la nostalgia. Bebo el primer sorbo, te recuerdo.
El frió me recorre la espina, busco a ciegas tu mano en la soledad de la mesa. Sin azúcar para mi, dos cucharadas para vos. Nos miramos en silencio. Te miro, me miras. Bebes el primer sorbo. Así permanecemos, sentados uno frente a otro, con los brazos extendidos sobre la mesa, dejando que nuestras manos se acostumbren y el calor de las tazas nos llene el cuerpo.
No hablamos, las palabras mienten, y nuestros silencios prolongados son verdades inconclusas. Bebemos. Pensamos en lo que viene. Las escaleras, el perfume, la cama, el sexo y el protector bucal para tu bruxismo. Luego te veré dormir en la penumbra de la habitación como cada noche que estuvimos juntos y sólo cuando sepa que soy el dueño de tus sueños pondré mi mano en tu vientre y allí descansaré.
Bebemos.
Bebo.
Solo.
Escondido de los ojos de la noche, de los recuerdos intrusos y de las historias malogradas me refugio en el fondo de la taza, prisionero de un aroma que se me quedó grabado en la punta de la lengua.










