viernes, 26 de diciembre de 2008

La mañana



Extraño ver la cama revuelta y esa botella de agua que tranquilizaba la sed. Camino por las calles y tengo ganas de gritar tu nombre, como lo hago en la ducha donde desaparecieron los besos y hasta tus cabellos en el suelo. Entre tu nombre y el mío hay kilometros de asfalto que no nos permite olernos, dos intrusos que vigilan que no nos manoseemos y un pretexto que sube diariamente por mi escalera. Cuando me acuesto en mi cama bailo solo.

Como recuerdo tu sonrisa en la cocina, los pretextos en el desayuno y el rincón dónde jugábamos. Tras el armario tengo presa tu silueta y las marcas de tus dientes en el hombro. Como agua entre mis dedos, te me fuiste escapando y de nuevo te busco con las mismas ganas con las que me prometí ignorarte.

martes, 23 de diciembre de 2008

Sueños vencidos



¿Sabés de qué tengo ganas? De dormir con vos. No, no estoy hablando de sexo. Lo que quiero es dormir, dormir con vos. Sentir la cercanía de tu cuerpo, contabilizar los latidos de tu corazón, pronosticar la frecuencia de tus jadeos. De sobra sabés que amo como te ves cuando duermes, cuando tus ojos de perro azul se encuentran suspendidos, cuando no puedo adivinarlos. Ver tu rostro sereno y preguntarme si posible haber vivido “tanto” y conservar la inocencia. Si es verdad que tu cuerpo de adulto alberga el corazón de un infante. Si me puedes prestar un poquito de tus sueños.

Quiero mirarte los labios entreabiertos y resistir la tentación de besarte. Imaginar el recorrido del aire de la nariz a tus pulmones y de vuelta a la habitación. Adivinar tus sueños. Quiero observar detenidamente tus manos, y tocarlas, y preguntarme como algo tan simple puede crearme tantas y tan variadas fantasías.

Necesito conocerte más, mejor. Así como estamos, cuerpo a cuerpo, quiero que me reveles tu vida sin decir una palabra, durmiendo. Quiero sentir lo que se siente ser vos, amante de las ciencias, conocedor insaciable del mundo. Quiero contarte mis secretos al oído, mis miedos, para que sueñes con ellos y cuando despiertes me entiendas un poquito mejor. Quiero que me regales un pedacito de tu alma.

Quiero estar entre tu pecho y tu cuello, aspirar tu esencia, reconocer tu olor. Paladear tu sabor a frutas frescas, a nuevo continente, a canciones de amor. Y tú a la vez sentir el mío, mezcla de sol y nieve, de río y bosque, arena y tierra. Quiero contener las ganas de darte besitos por todas partes para no despertarte.

Mientras duermes quiero imaginar todo lo que te haría si estuvieras despierto. Y atreverme a hacerlo cuando despiertes. Imaginarte hablándome al oído en esa lengua de ángeles, mientras yo deliro en un estado de frenesí incontenible.

Pensar que el tiempo se detiene por un momento y se hace eterno, que el espacio deja de ser inquebrantable y las fronteras se vuelven elásticas. Los contornos de los objetos, de las ideas, se desdibujan dando paso a un estado de conciencia superior. Y entonces, solo por un momento, dolorosamente corto y eternamente intenso, sentir que ambos nos fundimos en un solo cuerpo, una sola mente en concordancia perfecta con el universo.

Tu efecto mariposa



Incluso estando tan lejos de mí, se que mueves los brazos y en el otro extremo de la ciudad, en el último rincón de tu blanca habitación, yo siento tu abrazo. Y caigo en las redes de las calles con su brisa suburbana, aquí y ahora no tengo más historia que unas cuantas palabras por escribir, bitácora de imsomne que se enfermó de hastío, seguramente utilizaré mis palabras como recurso y el último reglón será mi compañía. Cierras los ojos y del parpadeo me llega una imagen, en blanco y negro debo aclarar, porque ese bicolor nos da cierto aire a recuerdo. Y si aquel muchacho bueno, de profesión seria y un futuro con jubilación, te dice una palabra al oído, los celos se meten en las venas y me enveneno con el arrepentimiento de no haber sido peor...